A recuerdos y otras infamias
apesta el sonido de las tardes del
exilio.
A veneno, a humo
hurtado a escondidas de la impureza del
ruido;
una pequeña muerte
que nos reconcilia con la vida,
hasta que el tiempo se agote, y nos
reviente
la entraña, vencida por el peso de la añoranza
y el peso del aire que se nos escapa
del pecho.
A través de los muros limpios de un
papel sin texto,
escarbamos, nosotros,
los que el olvidó hasta el olvido,
los exiliados…
Arañando un camino hacia lo imposible
sin importar que los viejos sones
murieran;
persistiendo, resistiendo, entre el
café y la tristeza,
con un ronco desafío a la sombra,
bajo el extraño conjuro del
cuentacuentos.
Sariel Rofocale
