miércoles, 1 de enero de 2020


Canción nueva
(Disperazione)

Me dice el camino que intente canciones nuevas
Que no suenen  hueco,
Que no duerman en el barro,
Canciones que no entristezcan,
Palabritas alegres,
Dicharacheras,
Que alegren el alma, como una copa de vino
Fundiéndose en los labios de una chica guapa.

Exige la brisa,
Que el tambor sin fuelle del alma
Retumbe con fuerza palabras de risa y esperanza,
Que abriguen  los dedos al caer la noche
Cuando la pesada losa del frío,
la temible risa del viento,
Y el aullido implacable de la ventisca
Atenace el alma con dedos de hierro.

Dicen… Exigen…

Pero incluso los pasos extraviados pueden llegar a Bizancio,
Y a veces,
El fragmento equivocado de una risa,
Logra revivir el cadáver de una ilusión sepultada.

Sin embargo…
Apesta a  olvido el cadáver de la memoria,
Nada florece en las ruinas de
Aquello que hemos sido.

Bien puede la voluntad reventarse los dedos cavando,
Una vez rota el alma
Aparte de morir,
Ya no nos queda nada.

¡Silencio!
El sendero está cubierto
Por una delicada bruma, de huesos y  esperanzas muertas.  

Sariel Rofocale

martes, 20 de agosto de 2019

Monday 3 Am (Prosa sabrosa e incoherente)



Dicen que al que madruga dios le ayuda…

Perdón, me distraje viendo una canción de Miike Snow.

En fin; que dicen eso, y un montón de cosas más; lo cual no explica porque a mi cerebro le da a veces por despertar el cotarro un lunes no laborable a las 3 de la mañana, y dejarme en espera hasta las 7 u 8 am del mismo día.

Pero siempre ha existido esa suprema desconexión entre lo que le conviene a mi organismo, y los ritmos particulares de mi sistema nervioso. En algún momento de la adolescencia la cosa se descuadro a niveles tan profundos, que casi 20 años después, he perdido el recuerdo de lo que es tener una noche de sueño decente. Ya por que no pueda dormir, ya por que el sueño llega cuando no es la hora y etcétera. No es difícil suponer que haya sido testigo de un montón de amaneceres de distintas clases y calañas.

Pero ese tampoco es el hilo al que quiero aferrarme, lo que trato de farfullar es que la noche tiene su propio libro de reglas. Un particular aroma y sentido que escapa a los que empiezan con la ayuda de un dios sus madrugadas.  Sobre este tema me hallo en la misma situación del que trata de explicarle el mundo de los colores a un ciego. El insomne es también una especie de discapacitado, joder, es una especie (No hay ningún orgullo de casta en esa afirmación) diferente. Las cosas, gentes, espacios, al anochecer varían con mucho de su estado matutino. Y no hablo solamente del juego de luces y sombras, que en esta era de cristales y concreto se ha tornado más bien relativo e inconsecuente.

Me refiero sobre todo al cansancio que exuda todo cuando el sol se oculta. A esa soledad terrible de las aceras vacías, llenas de papeles, impregnadas por el sucio aroma de la humanidad que descansa (Bueno, los que pueden) refugiado en sus pequeños palacios con bombillas. Hay algo terrible en una calle iluminada y sin personas. Algo que nos habla desde sitios que no nos atrevemos a mirar por segunda vez. Hay miedo, mucho miedo en la noche de una ciudad, pueblo o villorrio. Una suerte de tensa calma que no comparten los espacios abiertos, los bosques, los desiertos (Si, he arrastrado mi penoso e insomne trasero por esos sitios también), en donde día o noche todo nos ignora y a la vez nos acecha, todo se conjura para revelarnos nuestra insignificancia.

Pero, las ciudades, que son nuestro mayor logro como especie, que son nuestra fortaleza contra el vacío y la muerte; y sin embargo, ¿Hay sitios más solitarios, mas llenos de desesperanza y gritos de auxilio que una ciudad cuando el sol se ha apagado? Malparafraseando (Acabo de inventar esa palabra) a Cortazar, fumarse un cigarro, tomarse un café, esas cosas ayudan… A pasar el tiempo, porque el insomnio sigue ahí, dando la tabarra con un asqueroso entusiasmo.

Sariel Rofocale

domingo, 17 de marzo de 2019

Nothing at all



A recuerdos y otras infamias
apesta el sonido de las tardes del exilio.
A veneno, a humo
hurtado a escondidas de la impureza del ruido;
una pequeña muerte
que nos reconcilia con la vida,
hasta que el tiempo se agote, y nos reviente
la entraña,  vencida por el peso de la añoranza
y el peso del aire que se nos escapa del pecho.

A través de los muros limpios de un papel sin texto,
escarbamos, nosotros,
los que el olvidó hasta el olvido,
los exiliados…
Arañando un camino hacia lo imposible
sin importar que los viejos sones murieran;
persistiendo, resistiendo, entre el café y la tristeza,
con un ronco desafío a la sombra,
bajo el extraño conjuro del cuentacuentos.

Sariel Rofocale

viernes, 20 de julio de 2018

Cosas sueltas




A todos nos llega la muerte.
A todos se nos escapan esas imágenes que, ya por incapacidad, por torpeza, por simple olvido, hubiésemos podido describir, con un par de lineas, una imagen apenas garabateada.
Pero no, terminan por podrirse en alguna cloaca del alma,
mas allá del alcance de los dedos rotos y deformados de nuestra voluntad; si es que nos queda.
A todos se nos mueren las historias, pero solo algunos morimos un poco con ellas.
A todos nos toca el final, rápido, misericordioso, algunos apenas se percatan de que están muriendo, algunos, benditos sean,
solo se adentran en la oscuridad sin dolor, ni consciencia.

Envidio a veces a quienes lograron de un modo u otro, aferrarse a una fé, la que sea. Envidio su seguridad, su plena certeza.

Yo solo puedo quedarme aquí, en el exilio, gritando aterrado, incapaz de romperme bajo el peso del horror,
pero desgastándome la conciencia y las ganas por el golpe continuo de una existencia que no recuerdo haber pedido, y que devolvería con gusto si no estuviese todo el tiempo tan asustado, tan enfadado, tan perdido, olvidado.

Lo cruel del asunto es que pese a todo, mañana despertaré y como Sísifo,
me revolcaré en la rabia, apretaré los dientes y empujaré la maldita roca de nuevo...
Y pese a ello... Igual todos morimos...

Me parece creer en tantas cosas, y al final,
cuando la luz se apaga, no creo en nada.


Sariel Rofocale

jueves, 31 de mayo de 2018

Another Rubaiyat...

Ahora que hasta el silencio me ha dejado; 

y las canciones saben más que nada a leche agria y melancolía;


me preguntaba entonces la otra mitad del alma;



¿Por que? ¿Para que?




Y no encuentro respuestas claras; puesto que hasta la obstinación me ha dejado en la estacada.


Pido entonces una pausa, !Descansar ya de tantos rostros pululando en la memoria¡


!Algo de fuego¡


Para continuar viviendo, un propósito, un sueño irrompible, 


para al menos escapar ardiendo de la faz de la tierra;


!Lo que sea¡




Excepto el silencio de mi mente y la decrepitud de mis letras,


Razones para vivir


o morir, 


no importa...





Lo que sea menos esta tristeza que enfanga y mata en silencio, lenta, asquerosa y lenta...




Sariel Rofocale

sábado, 13 de enero de 2018

Autorretrato




Este que escribe es uno regordete. Algo pasado de tiempo y perdido en la medianía de la edad “Adulta” sin ningún tipo de plan. Por lo menos sin ninguno que haya dado visos de funcionar. Digamos que está vivo. Y eso ya en sí es una sorpresa, no solo por ser quien es (Que es lo mismo que decir que se es, pero se es insoportable) sino por venir de donde ha salido, un oscuro agujero del que tampoco yo quiero acordarme.
Un poquillo más alto que el promedio. Ni  blanco o negro. Más bien esa confusa tonalidad que los folcloristas denominan trigueño, que no es otra cosa sino mestizo, bien mestizo y mezclado, tanto en lo interno como en lo externo. Corona su altura un matojo de rizos negros que todavía no han empezado a encanecer, ya por suerte, genes o porque aún no tiene hijos ni se ha casado.
Gusta del café, en demasía, incluso cuando le revienta en las entrañas la ulcera, del mismo modo que a escondidas se empaca unos cuantos cigarrillos aunque los pulmones ya lleven varios años gritando a destajo su inconformidad, pero -¿Qué saben ellos? –¡Que se jodan!-.
Ama los libros. En cualquier presentación que encuentre. Hubiese preferido tener una casa con las paredes cubiertas de cabo a rabo pero la economía es una mierda y un PDF es gratis, si sabes dónde buscarle. Sin filtro ni moderación se devora cuanto texto se le cruza por delante. Pero detesta con particular entusiasmo tanto a Coehlo como a Cuautemoch Sanchez; y recuerda afligido que su última crisis de contenidos (¡Que no pudo escribir demonios¡) la obtuvo cuando por azar en un viaje se atragantó una novelucha de Isabel Allende (Malditos sean sus refritos párrafos). De esto infiere el lector que el que escribe se considera un narrador; con marcada preferencia al verso que llaman libre, aunque de cuando en cuando perpetra lo que llaman cuento, que rebosa sin duda alguna ni vergüenza, tanto de tristeza y maledicencia como unas cuantas jarras de sangre propia y ajena.
De sus odios particulares no se hablará en este sitio, escasos son los mortales que trata y a los que trata, ni tratan ni les afecta. Odia el vallenato. También los ritmos urbanos modernos; es un gothic de la vieja escuela, que de cuando en cuando se maquilla y viste de negro para irse a cortejar a la muerte en cualquier callejuela del mundo; con la cabeza envuelta en el sonido del Metal o de Sabina, y un cigarro en los dientes. Ama los cementerios,  la mayoría de sus viajes son para conocer nuevos lugares, escribe en cualquier parte y bebe cerveza negra y vino con especies. Acostumbra vestir siempre de colores oscuros, y utiliza siempre botas  militares, porque está obsesionado con los zombis y vive pendiente siempre de los primeros indicios de la epidemia. Y no, no tiene un hacha. Pero si una espada y un bastón de combate, por si acaso.
Es más que obvio que es un bicho raro, un “Freak” y lleva esta etiqueta con orgullo. Apasionado por los juegos de rol, Magic the Gathering y los videojuegos. No se pierde un comic si este le atrae, es un frito, poco más hay que decir.  No cree en la religión, pero le gustaría que existiese el diablo de Fausto, es la loca de los gatos en versión masculina y considera harto improbable que una mujer le preste atención en un futuro próximo. Pero, en sus noches solitarias… En fin, que no viene al cuento.
Estudia Psicología. Es más que obvio, porque siempre quiso y por qué le vino en gana, lo cual es el derecho fundamental de todo ser humano libre; aunque de cuando en cuando se pregunta si no hubiese sido mejor hacerle caso a su madre y estudiar algo menos complejo y que diese dinero, que se yo, mecánica o abogacía. Pero el caso es que siempre ha sido pobre, y siempre ha pensado que esta carrera tiene una clase y un glamour indiscutible. También porque de muy pequeño se percibió diferente y  siempre quiso averiguar las razones de esa extrañeza. Es importante decir que a la fecha, sigue sin averiguarlo, porque la psicología no sirve para eso. Y aun así acabará esa carrera o morirá en el intento.
Tiene tres hermanos más que conozca, aunque técnicamente hablando sea un bastardo (En la concepción medieval del término), vive de nuevo en casa de su madre, a la espera de la próxima oportunidad de escaparse a otro lugar a ver cosas nuevas. Anda en bici, por que aprecia la libertad y no le gusta dar explicaciones, ni pedir perdón, ni ser correcto.
Solo tiene una vida, que él sepa, y pretende vivirla con sus reglas y a su modo, para que cuando llegue el momento, ya sea por mano ajena, por la propia, o por las vicisitudes del tiempo; antes de exhalar por última vez (De preferencia al atardecer, con un cigarro en la boca y sobre una montaña hecha con los cadáveres de sus enemigos) pueda sentirse orgulloso de haber vivido.
Es un Taisteläche, un narrador, un cronopio, un inoportuno, un solitario que resiste y sonríe, y canturrea en voz baja, mientras camina en busca de los mensajes que le trae el viento.

Sariel Rofocale

martes, 2 de enero de 2018

Winter Time (Todavia)



Dulces y oscuros los sueños de ciudad soledad;
Que vienen en tropel a tratar de vencer mi espíritu
Agarrotado por el temor al recuerdo,
He de confesar… Que algo me aterra la perspectiva del mañana,
Pero de momento sigo vivo,
Mis canciones renquean,
Pero no se han dado por vencidas,
Sigo trasegando este camino de fracasos y veneno;
Con la cara retorcida en una mueca que quizá, algún día, pudo ser una sonrisa.

¡Estoy aquí!
¡De pie sigo!

Que le den a la muerte y a sus malas huestes;
Por duras y frías que sean las piedras que he de romper con la cabeza,
Mis historias no han callado todavía,
Taistëlache,
¡Los caídos nos saludan!


Sariel Rofocale