Henos aquí, tras las montañas de ceniza y las extrañas formas de la niebla. Aquí... En los instantes de paz que el espanto perdona, prófugos de la histeria, siempre al horrísono son de la misma canción detestable. Tratando de tapar con manos muertas los agujeros de la angustia; degustando inconformes; el sabor inconfundible de la melancolía...
martes, 20 de agosto de 2019
Monday 3 Am (Prosa sabrosa e incoherente)
Dicen que al que madruga dios le ayuda…
Perdón, me distraje viendo una canción de Miike Snow.
En fin; que dicen eso, y un montón de cosas más; lo cual no explica porque a mi cerebro le da a veces por despertar el cotarro un lunes no laborable a las 3 de la mañana, y dejarme en espera hasta las 7 u 8 am del mismo día.
Pero siempre ha existido esa suprema desconexión entre lo que le conviene a mi organismo, y los ritmos particulares de mi sistema nervioso. En algún momento de la adolescencia la cosa se descuadro a niveles tan profundos, que casi 20 años después, he perdido el recuerdo de lo que es tener una noche de sueño decente. Ya por que no pueda dormir, ya por que el sueño llega cuando no es la hora y etcétera. No es difícil suponer que haya sido testigo de un montón de amaneceres de distintas clases y calañas.
Pero ese tampoco es el hilo al que quiero aferrarme, lo que trato de farfullar es que la noche tiene su propio libro de reglas. Un particular aroma y sentido que escapa a los que empiezan con la ayuda de un dios sus madrugadas. Sobre este tema me hallo en la misma situación del que trata de explicarle el mundo de los colores a un ciego. El insomne es también una especie de discapacitado, joder, es una especie (No hay ningún orgullo de casta en esa afirmación) diferente. Las cosas, gentes, espacios, al anochecer varían con mucho de su estado matutino. Y no hablo solamente del juego de luces y sombras, que en esta era de cristales y concreto se ha tornado más bien relativo e inconsecuente.
Me refiero sobre todo al cansancio que exuda todo cuando el sol se oculta. A esa soledad terrible de las aceras vacías, llenas de papeles, impregnadas por el sucio aroma de la humanidad que descansa (Bueno, los que pueden) refugiado en sus pequeños palacios con bombillas. Hay algo terrible en una calle iluminada y sin personas. Algo que nos habla desde sitios que no nos atrevemos a mirar por segunda vez. Hay miedo, mucho miedo en la noche de una ciudad, pueblo o villorrio. Una suerte de tensa calma que no comparten los espacios abiertos, los bosques, los desiertos (Si, he arrastrado mi penoso e insomne trasero por esos sitios también), en donde día o noche todo nos ignora y a la vez nos acecha, todo se conjura para revelarnos nuestra insignificancia.
Pero, las ciudades, que son nuestro mayor logro como especie, que son nuestra fortaleza contra el vacío y la muerte; y sin embargo, ¿Hay sitios más solitarios, mas llenos de desesperanza y gritos de auxilio que una ciudad cuando el sol se ha apagado? Malparafraseando (Acabo de inventar esa palabra) a Cortazar, fumarse un cigarro, tomarse un café, esas cosas ayudan… A pasar el tiempo, porque el insomnio sigue ahí, dando la tabarra con un asqueroso entusiasmo.
Sariel Rofocale
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