Hey tu! Cierra los ojos!
Todos viajan, de algún modo. Del nacimiento a la muerte, del placer al aburrimiento, de la nada que se camufla en el todo, al olvido que precede a la memoria de una melodía rota.
Cada Travesía, implica siempre un riesgo, el miedo a no volver; el miedo a lo que se podrá encontrar, el temor a no llegar. El mas grande quizás, es abrir demasiado los ojos; que los lugares comunes se tornen estrechos, por que el camino diluye los colores conocidos, los hace fríos y desabridos. Solo lo nuevo, lo nunca antes visto, se presenta vital y digno de conocer.
Los hay que viajan ceñudos, con el alma encadenada, y el corazon abotargado.
Para quienes la senta es un trámite mas, del punto A al punto B, y no dejan huella alguna para el recuerdo.
Hay quien camina gritando, para acallar el rugido del espiritu, Quién avanza en silencio,
atento a los mensajes del mundo, por supuesto, está aquel que se escapa, puesto que ya entrado en detalles, escapar también es un viaje, y, aunque suene a lugar común, solo el que huye es quien verdaderamente escapa. Ese, carga su temor a la espalda, y respira con dificultad, atento al menor suspiro entre las sombras, usualmente buscando un refugio,
otras veces, solo una tumba sin marca en cualesquier cruce de rutas.
También, hay que mencionar; a aquel que anhela el movimiento, estancado en sus pesares y rutinas. Ese que escucha, el insistente llamado de los caminos, y nota, enfebrecido, como su voz, se hace mas cada vez mas debil hasta que al fin desaparece, una via esta pavimentada con tales tragedias.
Aquellos que para bien o para mal, son parte fundamental del sendero, que conocen de su frialdad y maravilla, que en cada recoveco guardan sus secretos con premura, que llegan tan lejos como les es posible, en busca de la belleza y la maldad que adornan cada roca, cada esquina, cada parada imprevista, toda semilla efímera y cualquier raíz es veneno.
En cualquier caso, viajar es cosa seria. No debe tomarse a la ligera el poder silencioso y dulce que el sendero ejerce sobre sus penitentes, quienes dicho de pasada y para no comprometernos, son variopintos e inclasificables. Unos viajan en silencio, y sin moverse de su encierro. Los alegres, los que visten luto. Los tales, los cuales, los Pascuales; los hijos de puta y los niños buenos.
Y, sin embargo, en todo camino o carretera, a lo ultimo, casi con pena, van los exiliados, los mas amargos de todos.
No hay canción mas triste que la de un exiliado, ese a quien el mundo escupió de mala manera a la ruta, restregándole su inutilidad y fracaso. Que camina, se arrastra como puede, envuelto en el oprobio y la vergüenza, con las manos atadas y los ojos bajos.
Para ellos la memoria es un fardo desquiciante, el camino una batalla inacabable, que en el mejor de los casos solo les deja silencios, contemplaciones extensas y envenenadas de todo lo que pudo haber sido.
Es un triste viajante, el exiliado, y su risa tiene un inconfundible tufillo a demencia.
Viajan ligeros, por que el equipaje va por dentro y pesa un abismo. Caminan con rabia; empeñados en tomar el camino mas escabroso y miserable, puesto que solo el que viaja encuentra, en la soledad, en la roca, en la bruma, las verdades que fortalecen el alma y afilan la mirada; mientras avanzan, se arrastran, siempre al filo de su voluntad parpadeante, de un punto de partida a todos los puntos intermedios, en busca de un lugar esquivo; que probablemente ni exista.
Sin agua, sin provisiones, sin compañía la mayor parte del tiempo. Para el exiliado viajar es cosa infame, tenebrosa y alegre, a partes iguales (Cosa extraña).
Pero debo decir, que solo ellos, reciben la bendición, la posesión del camino. Una ruta a la medida de sus sueños rotos y abandonados.
El viaje les probará con crueldad y parsimonia. Y a cambio les dará siempre lunas brillantes, nieblas tranquilas donde aguarda la muerte. Estrellas incontables y una infinita tristeza que acabará por hacerles invencibles.
Sariel Rofocale

No hay comentarios:
Publicar un comentario