sábado, 13 de enero de 2018

Autorretrato




Este que escribe es uno regordete. Algo pasado de tiempo y perdido en la medianía de la edad “Adulta” sin ningún tipo de plan. Por lo menos sin ninguno que haya dado visos de funcionar. Digamos que está vivo. Y eso ya en sí es una sorpresa, no solo por ser quien es (Que es lo mismo que decir que se es, pero se es insoportable) sino por venir de donde ha salido, un oscuro agujero del que tampoco yo quiero acordarme.
Un poquillo más alto que el promedio. Ni  blanco o negro. Más bien esa confusa tonalidad que los folcloristas denominan trigueño, que no es otra cosa sino mestizo, bien mestizo y mezclado, tanto en lo interno como en lo externo. Corona su altura un matojo de rizos negros que todavía no han empezado a encanecer, ya por suerte, genes o porque aún no tiene hijos ni se ha casado.
Gusta del café, en demasía, incluso cuando le revienta en las entrañas la ulcera, del mismo modo que a escondidas se empaca unos cuantos cigarrillos aunque los pulmones ya lleven varios años gritando a destajo su inconformidad, pero -¿Qué saben ellos? –¡Que se jodan!-.
Ama los libros. En cualquier presentación que encuentre. Hubiese preferido tener una casa con las paredes cubiertas de cabo a rabo pero la economía es una mierda y un PDF es gratis, si sabes dónde buscarle. Sin filtro ni moderación se devora cuanto texto se le cruza por delante. Pero detesta con particular entusiasmo tanto a Coehlo como a Cuautemoch Sanchez; y recuerda afligido que su última crisis de contenidos (¡Que no pudo escribir demonios¡) la obtuvo cuando por azar en un viaje se atragantó una novelucha de Isabel Allende (Malditos sean sus refritos párrafos). De esto infiere el lector que el que escribe se considera un narrador; con marcada preferencia al verso que llaman libre, aunque de cuando en cuando perpetra lo que llaman cuento, que rebosa sin duda alguna ni vergüenza, tanto de tristeza y maledicencia como unas cuantas jarras de sangre propia y ajena.
De sus odios particulares no se hablará en este sitio, escasos son los mortales que trata y a los que trata, ni tratan ni les afecta. Odia el vallenato. También los ritmos urbanos modernos; es un gothic de la vieja escuela, que de cuando en cuando se maquilla y viste de negro para irse a cortejar a la muerte en cualquier callejuela del mundo; con la cabeza envuelta en el sonido del Metal o de Sabina, y un cigarro en los dientes. Ama los cementerios,  la mayoría de sus viajes son para conocer nuevos lugares, escribe en cualquier parte y bebe cerveza negra y vino con especies. Acostumbra vestir siempre de colores oscuros, y utiliza siempre botas  militares, porque está obsesionado con los zombis y vive pendiente siempre de los primeros indicios de la epidemia. Y no, no tiene un hacha. Pero si una espada y un bastón de combate, por si acaso.
Es más que obvio que es un bicho raro, un “Freak” y lleva esta etiqueta con orgullo. Apasionado por los juegos de rol, Magic the Gathering y los videojuegos. No se pierde un comic si este le atrae, es un frito, poco más hay que decir.  No cree en la religión, pero le gustaría que existiese el diablo de Fausto, es la loca de los gatos en versión masculina y considera harto improbable que una mujer le preste atención en un futuro próximo. Pero, en sus noches solitarias… En fin, que no viene al cuento.
Estudia Psicología. Es más que obvio, porque siempre quiso y por qué le vino en gana, lo cual es el derecho fundamental de todo ser humano libre; aunque de cuando en cuando se pregunta si no hubiese sido mejor hacerle caso a su madre y estudiar algo menos complejo y que diese dinero, que se yo, mecánica o abogacía. Pero el caso es que siempre ha sido pobre, y siempre ha pensado que esta carrera tiene una clase y un glamour indiscutible. También porque de muy pequeño se percibió diferente y  siempre quiso averiguar las razones de esa extrañeza. Es importante decir que a la fecha, sigue sin averiguarlo, porque la psicología no sirve para eso. Y aun así acabará esa carrera o morirá en el intento.
Tiene tres hermanos más que conozca, aunque técnicamente hablando sea un bastardo (En la concepción medieval del término), vive de nuevo en casa de su madre, a la espera de la próxima oportunidad de escaparse a otro lugar a ver cosas nuevas. Anda en bici, por que aprecia la libertad y no le gusta dar explicaciones, ni pedir perdón, ni ser correcto.
Solo tiene una vida, que él sepa, y pretende vivirla con sus reglas y a su modo, para que cuando llegue el momento, ya sea por mano ajena, por la propia, o por las vicisitudes del tiempo; antes de exhalar por última vez (De preferencia al atardecer, con un cigarro en la boca y sobre una montaña hecha con los cadáveres de sus enemigos) pueda sentirse orgulloso de haber vivido.
Es un Taisteläche, un narrador, un cronopio, un inoportuno, un solitario que resiste y sonríe, y canturrea en voz baja, mientras camina en busca de los mensajes que le trae el viento.

Sariel Rofocale

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